He tenido muchos festejos patrios, más de los
que puedo recordar. Cuando pienso en ello me entra la nostalgia y puedo verme a
los seis años en la plaza principal de Chetumal escondida bajo el brazo de mi
papá porque le tenía miedo a los fuegos artificiales, desde ahí y con los ojos
cerrados repetía las mandas: “Que vivan los héroes de la patria, viva Hidalgo,
viva México” Recuerdo los festejos con la familia colgando las banderillas de
la bandera mexicana por todo el patio, degustando de una carne asada marinada
con adobo yucateco y sus respectivos frijoles charros, riendo al ver como baila
el tío más borracho, bailando el tucanazo
o payaso de rodeo con los primos y
las primas, jugando Jenga con mis
hermanas y mi hermano, y ya de adolescente preparándole margaritas a mi mamá y
sus whisky’s a mi papá cotorreándolos sobre las onzas de licor que pondría a sus tragos
mientras esperábamos que el presidente en turno de su grito de independencia en
la transmisión por televisión nacional a la media noche. Hace ya un tiempo que
no celebro esta fecha en casa, el año pasado compartí la noche en la terraza
desde la casa de asistencia donde vivía y disfrutamos de los fuegos artificiales
en compañía de unas tecates bien frías.
El paisaje nocturno de la perla tapatía colonial es sin duda un crush que no superare nunca.
Por supuesto, también me recuerdo a los
veintitantos en esa misma explanada chetumaleña
con una nevera llena de cervezas riendo como si no hubiera mañana, gozando con
los amigos, queriéndonos beber la vida en una sola noche mientras observábamos
los fuegos artificiales gritando “Viva Méjico
cabrones” para después mirarnos entre nosotros sintiéndonos parte de algo. Algún
día patrio como hoy anduve de antro cantando “México lindo y querido” abrazada
de tres compas que ni conocía pero que esa noche compartimos la pertenencia de
esta tierra. Esa misma noche me gane dos botellas de tequila por participar en
el concurso de simular tres posiciones sexuales en la tarima del lugar. Ganamos
porque le propuse a mi compañero que fingiéramos dos posiciones comunes y a la
tercera simularíamos que yo le daba un famoso “Beso Negro”. Fuimos un
hit y ahora que indago no solo gane dos botellas de tequila, gane el número de teléfono
del papi más papi del lugar, no era necesario que me dijera lo que quería, era
evidente. Aunque para esos días yo tenía 18 y el 29, no hubo prisa, le di aire
porque me sentía inexperta para él, pero años después pude borrar ese nombre de
mi lista negra. No celebramos a la patria pero guerra si nos dimos.
Nunca me ha gustado el tequila. Una vez fingí
ser una bebedora de tequila profesional, me tome quince tequilas seguidos. Tenía
quince años y era la primera vez que bebía fuera de casa, hasta ese momento mi
experiencia era la de los tragos del vaso de licor o de la cerveza que me
invitaban mis padres en las fiestas familiares. Ese día pasaron dos cosas: me
dio una congestión alcohólica y bese por primera vez a una mujer. Así que se podría
decir que hoy es mi aniversario #13 de beso lésbico.
Y también hubo fiestas patrias intensas en las
que puse empeño en atascarme la nariz de polvo colombiano hasta el amanecer
sin quitarme nunca un sombrero de charro que le quite de la cabeza a sabe que borracho en la calle y con ese
mismo empeño destructivo me recuerdo horas después poniéndole de ese mismo
polvo a la vagina de una chica porque un buen amigo me dijo que eso la dejaría más
sensible, gran mentira, nunca lo hagan.
Continuando con las cosas intensas, hoy podría
hablar de lo jodido que esta todo en este país pero hoy no tengo ganas de
producir quejas que no podre solucionar a la brevedad, solo por hoy no quiero
estresarme con el tema. Lo que si diré es que estaría más jodido si aún dependiéramos
de los españoles, pasa el tiempo y esos cabrones creen que pueden colonizarlos
aún, es chistoso escucharlos hablar sobre el tema. Esta noche debería salir a festejar mi beso-lésbico
aniversario, besarme con una chica, encamarme toda alcoholizada y por la
mañana fingir que soy decente. Enamorarla y dejarla ir para nunca más llamarle
o quien sabe tal vez enamorarme. Pero la realidad es que solo tengo ganas
encabronadas de perderme en la tranquilidad de un bosque o salir de viaje sin rumbo, tragarme unos hongos estar en una lisergia inagotable y
no recuperar la consciencia hasta el domingo. ¡Ya veré!, por lo pronto un buen
plato de pozole tapatío si me echo.
¡Mamá ya no soy la chona!
