El año pasado me anime a participar en un concurso de la universidad, mi primer concurso. El tema "Reflexiones acerca de la muerte", gane el primer lugar y la admiración de toda mi familia y amigos quienes no tenían idea de que escribía. Rompí con todos los miedos que traía acerca de mostrar lo que hago y ademas me emancipe de un par de duelos que había evitado durante mucho tiempo.
Les regalo este relato:
“Noviembre nacarado”
Por Mharan
“El
Caribe es un buen lugar para crecer”…Alcancé a escuchar en una
conversación entre el taxista y un pasajero. “El caribe es un buen lugar para crecer” repetí en mi mente.
Atravesábamos en ese momento la Av. Efraín Aguilar eran
cerca de las 11 de la mañana, el sol casi llegaba al cenit y yo había salido
temprano de la secundaria. Solo pensaba en llegar a casa dormir, a la edad de
15 años las siestas son casi como letargos de placer obligatorio. El chofer redujo
la velocidad para atravesar un tope y fue ahí cuando miré esa barda de color blanco.
Kandinsky decía que por universalidad el blanco ha sido considerado un no-color específicamente a causa de los
impresionistas que no ven el blanco en la naturaleza, es por esa misma razón
que Van Gogh se preguntaba en una de sus cartas si para pintar una pared blanca
debía hacerla directamente blanca, pero Kandinsky en su obra “De lo
espiritual del arte” acerca del blanco nos dice: “Vivimos en un mundo en el que ha desaparecido el color como cualidad o
sustancia material y de él sólo nos llega un gran silencio que representado
materialmente semeja un muro frío e infranqueable, indestructible e infinito”;
exactamente esa descripción del blanco encaja en lo que aquel día de otoño sentí cuando mis ojos se
precipitaron contra aquella barda blanca, la mire, sin color, sin luz, la miré
infinita, es bastante curioso porque el blanco naturalmente es pureza, calidez,
alegría, lucidez, equilibrio, aunque en
realidad conviene decirles que no era el muro en si lo que me producía ese océano
de emociones, era lo contenido entre aquellos muros lo que me hacía suspirar y
lo que me hizo ordenarle al chofer del taxi que se detuviera en la esquina
siguiente.
—Niña, deja de estar pateando ese balón, vas a tirar mi
altar —me dijo, sulfurada.
—Abuelita, ¿qué es ese olor? —Le pregunte para distraerla.
—Es incienso y mirra —dijo.
—¿Para qué es abuelita? —Insistí.
—Para que el olor les indique a las almas de los muertos
como llegar a sus casas
—Ah bueno, oiga y ¿a qué hora puedo agarrar una mandarina
de las del altar? —Me miro seria, luego miro el altar y me dijo:
—Ándate al patio a jugar chamaca, ya te dije, si no te
voy a dar tu chinga.
Colarse hasta el altar de
muertos y robarse una ofrenda a los 10 años era casi una misión imposible con
ella siempre rondado. Leocadia, mi abuela, fue una mujer muy tenaz, una mujer
de carácter fuerte, tuvo 12 hijos y por supuesto, esos hijos tuvieron hijos,
mis primos, 33 primos para ser exactos, entonces ya se imaginaran que la
celebración del día de muertos en casa de la abuela era todo un suceso.
Era 5 de noviembre, lo
recuerdo bien, ya que al pasar justo enfrente del nuevo hogar de la abuela nacieron
esas impetuosas ganas de ir a verla. Ese
año el día de muertos había sido un tanto lúgubre y sin duda la visita era en
un escenario diferente al habitual, era en el cementerio.
El taxi paró en la florería que
está contraesquina del camposanto, así que decidí comprar una rosa, tenía 25
pesos de los 50 que mi mamá me había dado de gastada, esperaba me alcanzara
para la flor y con suerte para pagar otro taxi a casa.
—¿Qué va llevar? —Dijo un
vendedor.
—¿Qué cuestan las rosas? —Le
dije.
—a 10… —me contestó la
cajera al otro extremo de la florería.
—Deme una… bueno, mejor que
sean dos.
—¿Arregladas? —Me preguntó
otro vendedor al fondo del pasillo.
Me habían hecho girar la
cabeza tres veces y había tanta gente en tan reducido espacio que ni lo agradable
del olor a flores me ayudó a procesar la pregunta rápidamente.
—¿Cómo que arregladas? —Pregunté
con extrañeza.
—Dáselas así nada más… —dijo
la cajera.
El florista cortó con una
navaja las espinas de los tallos y me entregó dos rosas sin arreglar, tiempo
después supe que mi silencio me había limitado de obtener Paniculatas blancas
las eternas acompañantes de las rosas, esas diminutas flores que con su
blancura matizan el borgoña y encienden los verdes tallos. Pagué las rosas y me
quedé con 5 pesos, en ese momento no quería pensar en cómo me iba a ir a casa
en realidad estaba pensando en que mi visita al cementerio tenía que partirse
en dos, ya que tenía no una, sino a dos abuelas a quienes visitar, solo que en
ese momento la muerte de Doña Leo
estaba más reciente, pero ya estando en eso de visitar a una definitivamente
también iba pasar a saludar a la otra y si iba a llevarle flores a Leocadia,
pues también tenía que llevarle a Emérita, al cabo que en vida se habían
llevado bien, no había razón por la cual enemistarlas en este punto de su
relación, ya saben por eso de los celos a los nietos.
Emérita, así se llamaba mi
abuela paterna, recuerdo poco de ella, murió cuando yo tenía 6 o 7 años, el día
que murió aún vivíamos en aquella casa de la colonia Fidel Velázquez, eran días
de lluvia y en aquella casa nos llovía adentro, tenía goteras por todos lados a
pesar de que se le reconstruyo el techo varias veces, pasaban unos meses y
volvían a aparecer las grietas y volvían a mojarse mis juguetes e incluso mi
tarea durante alguna de esas repentinas lluvias de medianoche que acostumbra
propinarse el caribe.
Ese día al despertar, mi
papá se encontraba sentado en medio la sala, en silencio, nos llamó a mi
hermana y a mí y nos sentó en sus piernas.
—Su mamita falleció… —dijo y después de eso una lágrima escurrió de sus
ojos.
No recuerdo si lloré, en
realidad no creo haber comprendió el dolor de perder a un ser amado tan
importante pero ese es el primer recuerdo que tengo sobre la muerte. Abrazamos
a papá durante un rato, mi hermana lloraba y después partimos hacia el sepelio
pero antes de llegar pedí que mejor me llevaran a casa de mi abuela materna, de
Leocadia. Ahí pasé la mañana brincando entre los charcos del patio, callada,
quizá pensando en cómo hubiera sido ir al entierro de mi mamita o quizá
fugándome con esa facilidad que nos brinda la niñez.
Con mis flores en la mano,
emprendí la caminata por esa cuadra panteonera, pateando las hojas secas de los
árboles de almendra y serpenteando entre sus sombras para ocultarme del sol,
llegué a la puerta e ingresé. Era la primera vez que iba sola al cementerio.
¿Cómo era posible pintar el exterior de blanco? Si el interior era un flujo de
colores, empezando por esa tumba de losetas blancas y negras, simulando un ajedrez.
“Vida y muerte sin duda”, pensé. A lo
lejos tumbas de colores pasteles con cruces de todos tamaños, el camino de sascab enmohecido por la lluvia y la
humedad, algunas hierbas a los lados y un silencio casi absoluto de no ser por
los cahuises que hacen sus festines
en la zona.
Me encaminé hacia la tumba
de Emérita, en el camino recordé aquella vez a los 13 años, cuando recién nos
cambiamos de casa a una colonia nueva, las calles aún sin alumbrado, apenas
unos tres vecinos en la cuadra, las ventanas sin miriñaque y para colmo la casa
en la última calle, justo enfrente del monte, aunque bueno el asfalto estaba
nuevo, sin grumos, “perfecto para salir a
patinar” pensé la primera vez que fui, sin embargo ya viviendo en esa casa
me daba un miedo terrible quedarme sola por las noches cosa que a veces sucedía
y cierto día, Gudelia una perra bóxer
que tenía la encomienda de cuidar la casa, no paraba de ladrar, me asomaba por
la ventana del segundo piso y no lograba ver nada, la calle oscura, la casa sin
bardas, Gudelia ladrando, me asuste tanto que me encerré en uno de los
cuartos con llave, aquel cuarto aún
estaba lleno de cajas sin desempacar entonces para distraerme me puse a revisar
el contenido de aquellas cajas y encontré un sobre lleno de fotos, comencé a
mirarlas y a pasarlas, una tras otra, hasta que apareció una de Emérita y así como
cae el agua de las cascadas, así con fuerza y hacia abajo, así fue como
comenzaron a brotar las lágrimas de mis ojos, no comprendía que me pasaba, el
solo mirar su rostro me había hundido en una pesadez inimaginable, llore cual
bebé hasta quedar tumbada en el piso moqueando.
—Mamita, ¿por qué te has
ido?, Mamita ¿Por qué no me despedí de ti?
Le pedí entre lágrimas que
me perdonara y comprendí que no podemos huir de la muerte y tampoco del dolor
que ocasiona, consciente o inconscientemente las leyes naturales me hicieron
presa de aquel duelo, mi pecho se calcinaba en dolor, “quema, Mamita, quema” , era como sentir que me sudaba el corazón
en ácido y se escurría en mis adentros para después cocerme la entrañas, mi
cuerpo se contraía incontrolablemente, apretaba el estómago para poder tomar
aire, sollozaba, la sentí lejana, la sentí perdida, comprendí que nunca más iba
poder mirar su cabello blanco, nunca más iba sentir ese olor a talco al
abrazarla y nunca más volvería a tocar su piel blanca y suave que la sensación
era semejante a la de sumir los dedos en un malvavisco y es que era una mujer
tan dulce o al menos así lo fue conmigo, la receta de su pan de levadura es un
legado que no puede faltar cada año en el altar de muertos, incluso en el que
Leocadia orquestaba aquel pan hizo acto de presencia durante varios años ahí
junto a la fotografía de Emérita, quien iba pensar que unos cuantos años
después la fotografía de Emérita y la de Leocadia iban a compartir un lugar en
el altar y el pan en la ofrenda.
Llegué a la tumba de
Emérita, se apreciaban dos arreglos
florales, el de mi papá que sin faltar cada día de muertos le hace su visita y
quizá el de alguno de sus hermanos, su tumba se levanta un metro del suelo,
está cubierta de loza de granito blanca, pose la mano y estaba fría, miré a los
lados; ni un alma, así que aprovechando la ausencia de adultos enjuiciadores, me
recosté encima, era como si ella me abrazara por la espalda, recordé los
domingos de Caldo de pescado en su casa ahí cerca del boulevard, recordé aquella
fotografía que me había partido en pedazos años antes, recordé su aniversario
de bodas número 50 con su vestido dorado y sus labios rojos, mire las nubes que
transitaban por encima de nosotras y me llevaron a recordar nuevamente su
cabello blanco, pude verla sentada cepillándose el cabello, emperifollándose
para ir a la iglesia, con nostalgia sonriente me levante y coloque la rosa en
el centro de su nicho, me lleve la mano a la boca, deposite un beso y lo
coloque sobre la loseta: Hasta Luego
Mamita.
—Ven a ponerle una vela a tu
hermano —me grito desde la cocina de la casa.
—¡Estoy jugando abuelita! —contesté
sin mirar.
—¡China ven aquí! —Con su característico tono imperativo…
—¡Ahorita! —Le dije.
No está de más aclarar que
cuando decimos “ahorita” normalmente las acciones no son en ese momento.
—¡Te va a venir a jalar los
pies en la noche si no le prendes su vela! —Gritó y se encaminó hacia el altar.
Pegué la carrera...
Leocadia, era una mujer de
creencias y tradiciones muy arraigadas, mantenía durante todo el año un altar
en la entrada de su casa, con una Virgen de Guadalupe en el punto más alto, con
los colores de la bandera mexicana justo detrás de ella y luces de navidad
engalanando el marco. El día de muertos era cosa seria para Cadia, desde semanas antes ya había
elegido de su gallinero cuales iban a ser
las gallinas para la materia prima de los pibipollos, a las 6 de la mañana encendía su carbón y posaba su
vieja olla tamalera sobre las brasas, la llenaba de agua de lluvia y se encaminaba
hacia el gallinero, una por una tomaba las aves que necesitaba y les partía el cuello, recuerdo mirarla caminar
hacia la cocina con las gallinas en las manos, con los cuellos chorreados y las
patas extendidas, así como estaban las aventaba en el agua hirviendo para
después desplumarlas y destazarlas.
Atravesé aquella calzada que
dividía al panteón por la mitad, me preguntaba si así se miraban las tumbas
todo el año o si solamente por la reciente visita de los vivos es que los no vivos
descansaban ese día entre los aromas de las flores y las velas, algunas tumbas
muy sencillas con epitafios grabados con los propios dedos sobre el cemento,
otros escritos con pintura, otros grabados sobre lozas con forma de libros; “Aquí descansa Juvenal González González,
Gran padre, gran esposo”, “Mireya
Rincón, Nació el 6 de Septiembre de 1950 en Líbano, murió el 26 de Agosto de
1979 en Chetumal, Quintana Roo”, con suerte me topaba con alguna fecha
conocida, la de mi cumpleaños quizá.
Construcciones de iglesias
en escala sobre las tumbas, tumbas viejas, tumbas abiertas, tumbas como
sarcófagos cubiertas de mármol, a lo lejos un trabajador del cementerio
chapeando las malezas de una tumba muy grande se observaban tres montículos
cubiertos de cemento alguna familia quizá, por fin llegue ante ella, había
pasado apenas un año desde su partida, este año el altar no lo había hecho ella
si no mis tías y mi madre, este año las gallinas para los pibipollos habían sido del mercado y no del patio, habían sido
horneados en una estufa y no enterrados en el patio como ella solía hacerlo.
Me senté un momento sobre la
tumba continua, no sin antes pedirle permiso al dueño, arrancaba la maleza con
las manos mientras me iba en el tiempo hasta aquella tarde cuando nos miramos
por última vez, fui a visitarla al hospital donde estaba internada, me vio y
sus palabras fueron:
—mmmm, ¿tan mal estoy?
—¿Cómo se siente? —le
pregunté.
—¿Y tus hermanos dónde están?
—preguntó.
—¿Ya comió? —le dije.
—¿Y Aguilar? —dijo mirando hacia el techo.
Así le llamaba a mi papá,
siempre dijo no quererlo pero en el fondo yo sé que el maltrato verbal era una
forma de decirle lo mucho que lo apreciaba.
—¡Trabajando, ya sabe! —contesté.
—Mmmm ya me quiero ir a mí a
casa —me dijo.
—Ya mero, abuelita —le dije.
Las palabras entre ella y yo
nunca fueron nuestro fuerte, yo sabía que me decía que me quería cuando no me
dejaba levantarme de la mesa hasta terminar de comer, cuando me dejaba pasar a
su cuarto a mirar la tele, cuando me dejaba dormir junto a ella e incluso
cuando me invitaba de los dulces que tenía escondidos en su alacena. Siempre he
dicho que fui su consentida, no sé si alguna vez me lo dijo o simplemente yo lo
deduje, pero me gusta pensar que es así, me gusta pensar que ella es parte de
mí y que yo fui parte de ella, ese día en el cementerio me sumergí en los
recuerdos, el último beso que pose sobre su frente durante el sepelio, su piel
morena y lampiña, su cabello negro, sus manos en mis manos.
Besé la flor y la dejé sobre
la tumba, la luz del sol se colaba entre un árbol continuo, un periquito
australiano de color turquesa se posó sobre una cripta cercana:
Abue
yo sé que eras tú, sé que era tu esencia transmutada en esa diminuta, hermosa y
libre ave, porque siempre fuiste una mujer libre, implacable y luchadora. Abue
lamento tanto haberte perdido, algún día nos encontraremos de nuevo, no te
preocupes por mamá yo la voy a cuidar todos los días y por papá ni te apures
que mamá sabe cómo controlarlo, abue extraño tanto tus tamales, este año no
hubo banderines de colores adornando el altar porque solo tu sabias hacer figuras
en el papel de china, ¿cómo es que nunca me enseñaste?, me tengo que ir ya casi dan la 1 y mama llega
a las 2, tengo que caminar a casa y estar ahí antes de que llegue.
Te
amo
Mharan