martes, 17 de noviembre de 2015

Dorothy

Éramos conocidas de tiempo atrás, amigos en común; pero nunca habíamos conversado a pesar de que nos teníamos en Facebook y por razones que desconozco comenzó a comentarme todas y cada una de mis publicaciones. En esos días vivía en Playa del Carmen y asumía que ella en Chetumal, un día entre sus comentarios en mis publicaciones me indico vivía en Playa del Carmen y le conteste que yo también.

Enseguida me escribió un mensaje privado:

 Hay que vernos, hay que vernos hoy.
 Arre, salgamos hoy.

Fuimos a un bar que tocaban Reggae en vivo, pedimos un par de cervezas, estuve coqueteando con el vocalista de la banda como de costumbre, ya se había vuelto casi un ritual de los jueves. Mi acompañante noto el juego de miradas que me traía con el vocalista; por lo cual realizo una abrupta y acertada intromisión, me dio un beso en los labios y sonrió. No dude en contestarle el beso, seguido de un par más, y otro y otro, estuvimos dando un show digno de causar erecciones a cualquier individuo presente, beso aquí, beso allá, mano aquí, mano allá. Salimos del bar agarradas de la mano, caminamos toda la avenida 12, doblamos por la calle 10 en dirección a la Av. Constitución, en el camino encontré un rincón perfecto para continuar lo pendiente, la empuje contra la pared y comencé a devorarle la boca, acaricie sus senos, le desabroche los jeans y rápidamente metí mis dedos en su pantalón para acariciar su clítoris, estaba escurriéndose en mi mano.

 ¿Por qué no habíamos hecho esto antes? – Me dijo

Fuimos a su casa, entramos a su habitación, comenzamos a quitarnos la ropa, me mordía los hombros con desesperación, me encantaba lo que estaba sintiendo, le quite toda la ropa y me dispuse a darle una larga sesión de sexo oral, gemía y entre dientes me decía que si quería ser su novia, ignore el comentario, sabía que no era en serio, estábamos realmente ebrias; así que le tape la boca y continúe comiéndole el coño durante un largo rato. Debo decir que darle sexo oral a una mujer es uno de los placeres que más disfruto y de recibirlo, ni se diga, solo de pensarlo aprieto las piernas.

Desperté a medio día asustada, no sabía dónde estaba, mire hacia un lado y la mire desnuda junto a mí, me quede mirándola un par de segundos,  sonreí y rápidamente me dispuse a terminar lo que no recordaba si había terminado. Me subí encima de ella y comencé a frotar mi clítoris con el suyo, despertó y me siguió en el movimiento mientras me lamia el cuello.  Toda la combinación de elementos me hacia excitarme más y más, el sol entrando por la ventana iluminando su piel amarilla, su lengua en mi cuello, su humedad y la mía, sus manos apretando mis caderas hacia ella, el calor en todo el cuerpo; cuando de repente tocaron a la puerta.

– ¡Mi papá, rápido métete al baño!
– ¿Es en serio? 
– ¡Si rápido, apúrale! 

Se vistió, arrojo mi ropa debajo de la cama, abrió la puerta, converso con su papá un momento y se despidieron, ya se iba a trabajar.

– ¡Ya puedes salir! – Grito
– ¡Qué susto me has metido! – 

Caminaba hacia ella, no estaba en mis planes irme sin al menos tener o darle un orgasmo para recordar; así que comencé a besarle suavemente, me respondió con una suave mordida en los labios para después dar un paso hacia atrás.

– Tienes que irte.
– ¿Por?
– Tengo novio y no quiero engañarlo más.
– Ok, está bien. Entiendo.

Me aleje de su boca, saque mi ropa debajo de la cama, me vestí sin mirarla. Agarre mi bolsa, revise tener dinero, llaves. Baje las escaleras, abrí la puerta, camine hacia una avenida y tome un taxi a casa, llegue, hice mi maleta, tenía un boleto de camión que salía a las 7 PM con destino a Chetumal eran vacaciones de diciembre iba estar tres semanas en casa de mis papas.

Pasaron 5 días cuando recibí una llamada.

– ¿Qué no piensas hablarme? 
– Ah, Hola, ¿Cómo para qué?
–  Para saludarme. Te fuiste sin decirme nada y no me has dicho nada de lo que paso, perdón por no decirte de mi novio, lo siento, pero es que sabes me tienes pensando en ti todo el tiempo, todo el día, estoy en Chetumal, quiero verte.

Sonreí. Mi estrategia había funcionado.

– Mándame un mensaje de texto con tu dirección. Paso por ti a las 7 pm. Y no, no vamos a platicar, vamos a terminar lo pendiente.
­­ –Sí, lo que tú digas – Contesto.

Desde ese día aquella chica de piel amarilla y yo, jugamos a comernos a besos durante un par de meses. Era lógico, no iba durar, nada que incluya engaños puede acabar bien.

A veces, extraño vagar por sus caminos amarillos hacia Oz y llevarme su piel entre las uñas.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Miércoles de ceniza

No puedo hablar, la quijada se me atoro en el último jalón. Mis manos tiemblan, no puedo concentrarme, estoy sudando.
Tranquila, tú puedes, lo has hecho varias veces, levántate, sal de aquí.

El aire me falta, quiero gritar, sigo sin poder articular. Quizá no debí fumar tanto. ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Alguien sabrá que estoy aquí?
Tranquila, respira, tu puedes, lo has hecho varias veces levántate, sal de aquí. 

El brazo se me entume, no puedo respirar, mi pecho, me duele el pecho, respira, respira, grita, grita, carajo no puedo gritar, se me atora la quijada. Nadie sabe que estoy aquí, me voy a morir aquí, me quiero morir, quisiera morir en este momento, nadie me encontrara aquí pasaran días hasta que encuentren mi cuerpo, mi pecho, duele, quiero gritar, no puedo.
Tranquila, respira, tu puedes, lo has hecho varias veces levántate, sal de aquí.

– ¡Taxi! ¡Lléveme al hospital por favor!
– ¡Señorita, se ve muy mal, enseguida la llevo, aguante, aguante por favor, no se me    
   muera! 
– Dese prisa por favor 

Tranquila, respira, tú puedes, lo has hecho varias veces, aguanta, aguanta.

– ¡Señora, por favor rápido un doctor la señorita se desvaneció en el taxi no puede respirar,    se ve muy mal! 

Tranquila, respira, tú puedes, lo has hecho varias veces.

– ¿Me escuchas? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Dime el número de teléfono de tu     
   casa?
– ¡Tómale el pulso rápido!
– ¿Me escuchas? ¿Dónde vives? ¿Cómo te llamas? ¿Recuerdas algún número telefónico?
– ¡Revisen su cartera rápido!
– No trae identificación doctor y su teléfono no tiene pila.
– Córtale la blusa y tómale el electro

Tranquila, respira, tú puedes.

 ¿Puedes hablar? Por favor dime tu nombre, dame un número de teléfono.
 044117……
 Vamos, tú puedes, tranquila, respira.
 0441174528689

Tranquila, respira.

– Sí, señora disculpe tenemos a un persona aquí en el hospital nos dio este número de 
  teléfono, es una mujer de entre 20 y 25 años. Viste de blusa amarilla y pantalón de   
  mezclilla, tiene el cabello rizado.
–Tranquila señora, escúcheme por favor, ¿tiene donde anotar? Si, la espero.
–Señora, présteme atención esto es importante, necesito que vaya a la farmacia y me 
  traiga estos medicamentos que le voy a decir, su hija está teniendo una sobredosis y 
  está a dos de tener un paro cardíaco, venga al hospital general lo más rápido que pueda.

Tranquila.
Respira.

Tú puedes.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Noviembre Nacarado

El año pasado me anime a participar en un concurso de la universidad, mi primer concurso. El tema "Reflexiones acerca de la muerte", gane el primer lugar y  la admiración de toda mi familia y amigos quienes no tenían idea de que escribía. Rompí con todos los miedos que traía acerca de mostrar lo que hago y ademas me emancipe de un par de duelos que había evitado durante mucho tiempo.

Les regalo este relato:

“Noviembre nacarado”
Por Mharan

“El Caribe es un buen lugar para crecer”…Alcancé a escuchar en una conversación entre el taxista y un pasajero. “El caribe es un buen lugar para crecer” repetí en mi mente.
Atravesábamos en ese momento la Av. Efraín Aguilar eran cerca de las 11 de la mañana, el sol casi llegaba al cenit y yo había salido temprano de la secundaria. Solo pensaba en llegar a casa dormir, a la edad de 15 años las siestas son casi como letargos de placer obligatorio. El chofer redujo la velocidad para atravesar un tope y fue ahí cuando miré esa barda de color blanco. Kandinsky decía que por universalidad el blanco ha sido considerado un no-color específicamente a causa de los impresionistas que no ven el blanco en la naturaleza, es por esa misma razón que Van Gogh se preguntaba en una de sus cartas si para pintar una pared blanca debía hacerla directamente blanca, pero Kandinsky en su obra  “De lo espiritual del arte” acerca del blanco nos dice: “Vivimos en un mundo en el que ha desaparecido el color como cualidad o sustancia material y de él sólo nos llega un gran silencio que representado materialmente semeja un muro frío e infranqueable, indestructible e infinito”; exactamente esa descripción del blanco encaja en lo que  aquel día de otoño sentí cuando mis ojos se precipitaron contra aquella barda blanca, la mire, sin color, sin luz, la miré infinita, es bastante curioso porque el blanco naturalmente es pureza, calidez, alegría, lucidez, equilibrio,  aunque en realidad conviene decirles que no era el muro en si lo que me producía ese océano de emociones, era lo contenido entre aquellos muros lo que me hacía suspirar y lo que me hizo ordenarle al chofer del taxi que se detuviera en la esquina siguiente.

—Niña, deja de estar pateando ese balón, vas a tirar mi altar —me dijo, sulfurada.
—Abuelita, ¿qué es ese olor? —Le pregunte para distraerla.
—Es incienso y mirra —dijo.
—¿Para qué es abuelita? —Insistí.
—Para que el olor les indique a las almas de los muertos como llegar a sus casas
—Ah bueno, oiga y ¿a qué hora puedo agarrar una mandarina de las del altar? —Me miro seria, luego miro el altar y me dijo:
—Ándate al patio a jugar chamaca, ya te dije, si no te voy a dar tu chinga.

Colarse hasta el altar de muertos y robarse una ofrenda a los 10 años era casi una misión imposible con ella siempre rondado. Leocadia, mi abuela, fue una mujer muy tenaz, una mujer de carácter fuerte, tuvo 12 hijos y por supuesto, esos hijos tuvieron hijos, mis primos, 33 primos para ser exactos, entonces ya se imaginaran que la celebración del día de muertos en casa de la abuela era todo un suceso.

Era 5 de noviembre, lo recuerdo bien, ya que al pasar justo enfrente del nuevo hogar de la abuela nacieron esas impetuosas ganas de ir a verla.  Ese año el día de muertos había sido un tanto lúgubre y sin duda la visita era en un escenario diferente al habitual, era en el cementerio.

El taxi paró en la florería que está contraesquina del camposanto, así que decidí comprar una rosa, tenía 25 pesos de los 50 que mi mamá me había dado de gastada, esperaba me alcanzara para la flor y con suerte para pagar otro taxi a casa.

—¿Qué va llevar? —Dijo un vendedor.
—¿Qué cuestan las rosas? —Le dije.
—a 10… —me contestó la cajera al otro extremo de la florería.
—Deme una… bueno, mejor que sean dos.
—¿Arregladas? —Me preguntó otro vendedor al fondo del pasillo.
Me habían hecho girar la cabeza tres veces y había tanta gente en tan reducido espacio que ni lo agradable del olor a flores me ayudó a procesar la pregunta rápidamente.
—¿Cómo que arregladas? —Pregunté con extrañeza.
—Dáselas así nada más… —dijo la cajera.

El florista cortó con una navaja las espinas de los tallos y me entregó dos rosas sin arreglar, tiempo después supe que mi silencio me había limitado de obtener Paniculatas blancas las eternas acompañantes de las rosas, esas diminutas flores que con su blancura matizan el borgoña y encienden los verdes tallos. Pagué las rosas y me quedé con 5 pesos, en ese momento no quería pensar en cómo me iba a ir a casa en realidad estaba pensando en que mi visita al cementerio tenía que partirse en dos, ya que tenía no una, sino a dos abuelas a quienes visitar, solo que en ese momento la muerte de Doña Leo estaba más reciente, pero ya estando en eso de visitar a una definitivamente también iba pasar a saludar a la otra y si iba a llevarle flores a Leocadia, pues también tenía que llevarle a Emérita, al cabo que en vida se habían llevado bien, no había razón por la cual enemistarlas en este punto de su relación, ya saben por eso de los celos a los nietos.

Emérita, así se llamaba mi abuela paterna, recuerdo poco de ella, murió cuando yo tenía 6 o 7 años, el día que murió aún vivíamos en aquella casa de la colonia Fidel Velázquez, eran días de lluvia y en aquella casa nos llovía adentro, tenía goteras por todos lados a pesar de que se le reconstruyo el techo varias veces, pasaban unos meses y volvían a aparecer las grietas y volvían a mojarse mis juguetes e incluso mi tarea durante alguna de esas repentinas lluvias de medianoche que acostumbra propinarse el caribe.
Ese día al despertar, mi papá se encontraba sentado en medio la sala, en silencio, nos llamó a mi hermana y a mí y nos sentó en sus piernas.
—Su mamita falleció… —dijo y después de eso una lágrima escurrió de sus ojos.
No recuerdo si lloré, en realidad no creo haber comprendió el dolor de perder a un ser amado tan importante pero ese es el primer recuerdo que tengo sobre la muerte. Abrazamos a papá durante un rato, mi hermana lloraba y después partimos hacia el sepelio pero antes de llegar pedí que mejor me llevaran a casa de mi abuela materna, de Leocadia. Ahí pasé la mañana brincando entre los charcos del patio, callada, quizá pensando en cómo hubiera sido ir al entierro de mi mamita o quizá fugándome con esa facilidad que nos brinda la niñez.

Con mis flores en la mano, emprendí la caminata por esa cuadra panteonera, pateando las hojas secas de los árboles de almendra y serpenteando entre sus sombras para ocultarme del sol, llegué a la puerta e ingresé. Era la primera vez que iba sola al cementerio. ¿Cómo era posible pintar el exterior de blanco? Si el interior era un flujo de colores, empezando por esa tumba de losetas blancas y negras, simulando un ajedrez. “Vida y muerte sin duda”, pensé. A lo lejos tumbas de colores pasteles con cruces de todos tamaños, el camino de sascab enmohecido por la lluvia y la humedad, algunas hierbas a los lados y un silencio casi absoluto de no ser por los cahuises que hacen sus festines en la zona.
Me encaminé hacia la tumba de Emérita, en el camino recordé aquella vez a los 13 años, cuando recién nos cambiamos de casa a una colonia nueva, las calles aún sin alumbrado, apenas unos tres vecinos en la cuadra, las ventanas sin miriñaque y para colmo la casa en la última calle, justo enfrente del monte, aunque bueno el asfalto estaba nuevo, sin grumos, “perfecto para salir a patinar” pensé la primera vez que fui, sin embargo ya viviendo en esa casa me daba un miedo terrible quedarme sola por las noches cosa que a veces sucedía y cierto día, Gudelia una perra bóxer que tenía la encomienda de cuidar la casa, no paraba de ladrar, me asomaba por la ventana del segundo piso y no lograba ver nada, la calle oscura, la casa sin bardas, Gudelia ladrando,  me asuste tanto que me encerré en uno de los cuartos con llave,  aquel cuarto aún estaba lleno de cajas sin desempacar entonces para distraerme me puse a revisar el contenido de aquellas cajas y encontré un sobre lleno de fotos, comencé a mirarlas y a pasarlas, una tras otra, hasta que apareció una de Emérita y así como cae el agua de las cascadas, así con fuerza y hacia abajo, así fue como comenzaron a brotar las lágrimas de mis ojos, no comprendía que me pasaba, el solo mirar su rostro me había hundido en una pesadez inimaginable, llore cual bebé hasta quedar tumbada en el piso moqueando.

—Mamita, ¿por qué te has ido?, Mamita ¿Por qué no me despedí de ti?

Le pedí entre lágrimas que me perdonara y comprendí que no podemos huir de la muerte y tampoco del dolor que ocasiona, consciente o inconscientemente las leyes naturales me hicieron presa de aquel duelo, mi pecho se calcinaba en dolor, “quema, Mamita, quema” , era como sentir que me sudaba el corazón en ácido y se escurría en mis adentros para después cocerme la entrañas, mi cuerpo se contraía incontrolablemente, apretaba el estómago para poder tomar aire, sollozaba, la sentí lejana, la sentí perdida, comprendí que nunca más iba poder mirar su cabello blanco, nunca más iba sentir ese olor a talco al abrazarla y nunca más volvería a tocar su piel blanca y suave que la sensación era semejante a la de sumir los dedos en un malvavisco y es que era una mujer tan dulce o al menos así lo fue conmigo, la receta de su pan de levadura es un legado que no puede faltar cada año en el altar de muertos, incluso en el que Leocadia orquestaba aquel pan hizo acto de presencia durante varios años ahí junto a la fotografía de Emérita, quien iba pensar que unos cuantos años después la fotografía de Emérita y la de Leocadia iban a compartir un lugar en el altar y el pan en la ofrenda.

Llegué a la tumba de Emérita,  se apreciaban dos arreglos florales, el de mi papá que sin faltar cada día de muertos le hace su visita y quizá el de alguno de sus hermanos, su tumba se levanta un metro del suelo, está cubierta de loza de granito blanca, pose la mano y estaba fría, miré a los lados; ni un alma, así que aprovechando la ausencia de adultos enjuiciadores, me recosté encima, era como si ella me abrazara por la espalda, recordé los domingos de Caldo de pescado en su casa ahí cerca del boulevard, recordé aquella fotografía que me había partido en pedazos años antes, recordé su aniversario de bodas número 50 con su vestido dorado y sus labios rojos, mire las nubes que transitaban por encima de nosotras y me llevaron a recordar nuevamente su cabello blanco, pude verla sentada cepillándose el cabello, emperifollándose para ir a la iglesia, con nostalgia sonriente me levante y coloque la rosa en el centro de su nicho, me lleve la mano a la boca, deposite un beso y lo coloque sobre la loseta: Hasta Luego Mamita.

—Ven a ponerle una vela a tu hermano —me grito desde la cocina de la casa.
—¡Estoy jugando abuelita! —contesté sin mirar.
—¡China ven aquí! —Con su característico tono imperativo…
—¡Ahorita! —Le dije.
No está de más aclarar que cuando decimos “ahorita” normalmente las acciones no son en ese momento.
—¡Te va a venir a jalar los pies en la noche si no le prendes su vela! —Gritó y se encaminó hacia el altar.
Pegué la carrera...

Leocadia, era una mujer de creencias y tradiciones muy arraigadas, mantenía durante todo el año un altar en la entrada de su casa, con una Virgen de Guadalupe en el punto más alto, con los colores de la bandera mexicana justo detrás de ella y luces de navidad engalanando el marco. El día de muertos era cosa seria para Cadia, desde semanas antes ya había elegido de su gallinero cuales iban a ser  las gallinas para la materia prima de los pibipollos, a las 6 de la mañana encendía su carbón y posaba su vieja olla tamalera sobre las brasas, la llenaba de agua de lluvia y se encaminaba hacia el gallinero, una por una tomaba las aves que necesitaba y  les partía el cuello, recuerdo mirarla caminar hacia la cocina con las gallinas en las manos, con los cuellos chorreados y las patas extendidas, así como estaban las aventaba en el agua hirviendo para después desplumarlas y destazarlas.

Atravesé aquella calzada que dividía al panteón por la mitad, me preguntaba si así se miraban las tumbas todo el año o si solamente por la reciente visita de los vivos es que los no vivos descansaban ese día entre los aromas de las flores y las velas, algunas tumbas muy sencillas con epitafios grabados con los propios dedos sobre el cemento, otros escritos con pintura, otros grabados sobre lozas con forma de libros; “Aquí descansa Juvenal González González, Gran padre, gran esposo”,  “Mireya Rincón, Nació el 6 de Septiembre de 1950 en Líbano, murió el 26 de Agosto de 1979 en Chetumal, Quintana Roo”, con suerte me topaba con alguna fecha conocida, la de mi cumpleaños quizá.
Construcciones de iglesias en escala sobre las tumbas, tumbas viejas, tumbas abiertas, tumbas como sarcófagos cubiertas de mármol, a lo lejos un trabajador del cementerio chapeando las malezas de una tumba muy grande se observaban tres montículos cubiertos de cemento alguna familia quizá, por fin llegue ante ella, había pasado apenas un año desde su partida, este año el altar no lo había hecho ella si no mis tías y mi madre, este año las gallinas para los pibipollos habían sido del mercado y no del patio, habían sido horneados en una estufa y no enterrados en el patio como ella solía hacerlo.
Me senté un momento sobre la tumba continua, no sin antes pedirle permiso al dueño, arrancaba la maleza con las manos mientras me iba en el tiempo hasta aquella tarde cuando nos miramos por última vez, fui a visitarla al hospital donde estaba internada, me vio y sus palabras fueron:

—mmmm, ¿tan mal estoy?
—¿Cómo se siente? —le pregunté.
—¿Y tus hermanos dónde están? —preguntó.
—¿Ya comió? —le dije.
—¿Y  Aguilar? —dijo mirando hacia el techo.
Así le llamaba a mi papá, siempre dijo no quererlo pero en el fondo yo sé que el maltrato verbal era una forma de decirle lo mucho que lo apreciaba.
—¡Trabajando, ya sabe! —contesté.
—Mmmm ya me quiero ir a mí a casa —me dijo.
—Ya mero, abuelita —le dije.

Las palabras entre ella y yo nunca fueron nuestro fuerte, yo sabía que me decía que me quería cuando no me dejaba levantarme de la mesa hasta terminar de comer, cuando me dejaba pasar a su cuarto a mirar la tele, cuando me dejaba dormir junto a ella e incluso cuando me invitaba de los dulces que tenía escondidos en su alacena. Siempre he dicho que fui su consentida, no sé si alguna vez me lo dijo o simplemente yo lo deduje, pero me gusta pensar que es así, me gusta pensar que ella es parte de mí y que yo fui parte de ella, ese día en el cementerio me sumergí en los recuerdos, el último beso que pose sobre su frente durante el sepelio, su piel morena y lampiña, su cabello negro, sus manos en mis manos.

Besé la flor y la dejé sobre la tumba, la luz del sol se colaba entre un árbol continuo, un periquito australiano de color turquesa se posó sobre una cripta cercana:
Abue yo sé que eras tú, sé que era tu esencia transmutada en esa diminuta, hermosa y libre ave, porque siempre fuiste una mujer libre, implacable y luchadora. Abue lamento tanto haberte perdido, algún día nos encontraremos de nuevo, no te preocupes por mamá yo la voy a cuidar todos los días y por papá ni te apures que mamá sabe cómo controlarlo, abue extraño tanto tus tamales, este año no hubo banderines de colores adornando el altar porque solo tu sabias hacer figuras en el papel de china, ¿cómo es que nunca me enseñaste?,  me tengo que ir ya casi dan la 1 y mama llega a las 2, tengo que caminar a casa y estar ahí antes de que llegue.
Te amo

Mharan

miércoles, 21 de octubre de 2015

Divagando

Guadalajara, Jalisco  
 Agosto/2015 
 
Todo sigue igual en este lugar, casi todo, excepto yo. Hace dos años estaba sentada en esta misma silla, de este mismo restaurante, ordenando lo mismo que ahora, mirando el mismo paisaje pero con los pensamientos muy distintos. Ese día decidí que si iba irme tenia que regresar y cuando lo hiciera iba ser por una larga temporada; y aquí estoy nuevamente desde hace 6 meses y no veo para cuando irme, vivo enamorada de esta urbe, creo que me hechizo el corazón por que hasta en las peores circunstancias siempre encuentro el momento en el que de solo ver la magnitud de lo que me rodea me pongo feliz, de solo tener los pies sobre este suelo me salta el corazón de alegría, aquí todo sigue igual, casi todo, excepto yo, ahora soy mas feliz.

martes, 20 de octubre de 2015

Viernes sensual

El viernes estaba molida, había madrugado para sacar unos pendientes del trabajo y las ocupaciones del día me habían dejado por debajo de la energía habitual, llegue a casa por inercia. Apenas abrí la puerta me saque los zapatos y me arroje a mi cama. No sé cuánto tiempo habrá pasado pero me despertó un ruido bastante singular, por un instante creí que el vecino estaba golpeando a su esposa así que me levante de golpe y corrí a la ventana. 

Efectivamente era el vecino dándole de azotes a su mujer quien lloraba, gritaba y gemía; pero gemía de placer, sus dos enormes glúteos se estrellaban como gotas de lluvia en la mano del vecino, podía verlos escurrirse como agua entre los dedos de su marido. Lo primero que hice fue dar un paso hacia atrás.

¿Cómo es que no me había percatado de las enormes petacas que se carga la vecina? 

Los azotes continuaban y yo estaba debatiéndome entre la realidad y la fantasía. 

¿De verdad había mirado como se nalgueaban a la vecina en las escaleras del edificio?

¿Estaba teniendo un sueño húmedo con los vecinos?

La vecina tiraba al aire gemidos más profundos, mi instinto de mirona se activó y di un paso lento hacia el frente a una distancia en la que no pudieran verme si miraban hacia arriba. Esta vez el vecino le enterraba las uñas en la espalda, le apretujaba las nalgas con desesperación y en un movimiento inesperado se sacó el pito y comenzó a estrellarlo justo a la mitad de ellas. Sentí un calor invadiéndome de norte a sur, arriba y abajo, tremendo mástil que se carga el hijo de la chingada. Ese jugueteo que se traían fue la cosa más rica que pude haberme topado aquel viernes, después de mirarlos durante poco más de 15 minutos comencé a sentirme rara con la idea de excitarme al verlos, que iba pasar la próxima vez que me sentara en su mesa a desayunar.

¿Cómo iba verle la cara al vecino sin mirarle el bulto primero?

¿Cómo iba lograr no mirarle las nalgas a la vecina cuando se diera la vuelta para darme un vaso?

Fue en ese momento cuando decidí que debía irme a dormir, después de todo definitivamente no podía mezclarme con doña Flor y don Fito, que iba decir Carlos, su hijo, tenía varias semanas echándomelo al plato.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Solia tener un tlacoyo


    – Si te sacas la blusa y enseñas las chichis por la ventana, te invito un cartón de chelas –  
    – ¡Juega! – le dije mientras fruncía el ceño y retorcía la sonrisa

   – ¿Qué haces? ¿Qué haces? ¡Era un juego! ¡Ponte la blusa! ¡Están los policías en la siguiente cuadra! ¡Ponte la blusa! – me gritaba con desesperación

    – ¿Me vas a comprar mis chelas? – 

    – ¡Si, si, si las que quieras pero vístete que esta la chota en la esquina! – me decía entre alivio y exaltación.

Así me las gastaba con mi amigo Tláloc, siempre me coqueteaba y le seguía el juego. Me gustaba ese poder que ejercía sobre él y me gustaba lo hermosa y deseada que me hacía sentir. Tláloc era lo que en la preparatoria conocemos como “El viejito” “El anciano” “La reliquia” etc… Yo tenía 17 años y él le andaba pegando a los 24 o 25, no recuerdo con certeza. Nos hicimos muy buenos amigos y pasábamos casi todos los días juntos, muchas personas pensaban que éramos novios pero para mí solo era mi amiguito maduro de la prepa que me hacía sentir protección. 

Hicimos un pacto, acordamos que cada que uno sintiera ganas de besar al otro lo haríamos sin importar circunstancias, entorno o motivos. Y así comenzó un juego del que nunca me hubiera cansado; a veces llegaba a visitarme a casa y nos subíamos a su carro para ir a besuquearnos a la vuelta o donde se pudiera, podíamos besarnos durante horas. 

Tláloc tenía una labia que podía enamorar a cualquier chica o incluso chicos, su rostro no era su mejor atractivo, definitivamente no era guapo pero en el cuerpo no le cabía otro cuadrito más, solía ejercitarse bastante y se sabía galán, con eso bastaba para que todas las chicas cayeran a sus pies. En una ocasión lo miraba cortejar a una chica en los laboratorios de química y la veía como doblaba los pies y se jugueteaba el cabello, sin pensarlo camine rápidamente hacia él, me metí entre los dos y comencé a besarle, nos besamos tanto tiempo que la chica desapareció. Tláloc solo me sonrió y me dijo que era una celosa, que me la iba cobrar algún día.

No asistió un día a la escuela y se me hizo extraño pero no hice nada, falto dos días más y comencé a preocuparme, fui a su casa y me topé con la noticia de que estaba en el hospital; había intentado suicidarse porque su novia lo había dejado, ni siquiera sabía que tenía novia. No me dejaron ir a verlo porque no era su familiar pero le deje un recado con su mamá y en cuanto salió del hospital fue a mi casa. Se veía realmente mal y ahí fue cuando me contó acerca de Alexandra su novia que estaba en la universidad. Quien regreso con él a los pocos días y luego lo volvió a dejar y así varias veces hasta que se buscó a otro chico en su universidad y se olvidó del él. Tláloc sufrió mucho en esos días, lejos de cuestionarle sus motivos para no contarme solo lo escuchaba y lo abrazaba, realmente lo apreciaba. 

Pasaron los meses y conocí a una persona, me enamore y me hice novia. El me confeso su amor para esa temporada, lo rechace y cuando lo rechace me dijo que “estaba bromeando” y se estuvo riendo durante 15 minutos, nunca le creí que era broma. En algún punto dejamos de frecuentarnos, yo tenía una relación y también él se enamoró nuevamente. Un día fuimos al cine y la verdad es que no escatime en tomarlo de la mano y abrazarlo como en los viejos tiempos, salimos del cine y fuimos por un par de cervezas, acabamos besuqueándonos en la parte de atrás del carro y esta vez las cosas se fueron un tono más arriba, ya antes nos habíamos rozado y acariciado por encima de la ropa pero en esta ocasión acabamos en traje de Adán y Eva sudando uno sobre otro, justo cuando íbamos a comenzar el coito se detuvo y me dijo: ¿Por qué no puedes ser solo mi amiga? ¿Por qué siempre tienes que ponerme en descontrol? ¿Por qué no puedo estar cerca de ti sin querer besarte? ¿Por qué siempre acabamos así? Su mirada me dijo más que las palabras, era obvio que yo había sido la cachonda que lo había estado seduciendo todas y cada una de las veces. En ese momento me di cuenta y solo pude decir.

    –Lo siento Tlacoyo, no me había dado cuenta de que te lastimaba – 

Bajo la mirada y me dijo 

  –Tengo novia y tienes novio. Yo te amo como tú jamás has amado y te aseguro te amo mucho más que el imbécil que traes por novio, pero no puedo seguir confundiéndome de esta manera, Alexandra me dejo por solo hablar de ti y no quiero que Laura lo haga también y tú, tu solo quieres sentir rico ­– hizo una pausa y continuo

  –Esta es la última vez que salimos, esta es la última vez que me permito caer en tus redes. Espero puedas entenderlo –

Me vestí, brinque al asiento del copiloto, encendí la radio, encendí un cigarro y le dije. 

  –Me quite la blusa otra vez y no veo que estemos yendo a comprar un cartón de cervezas–

    –Te voy a llevar a tu casa – contesto.

    –¡Estaba bromeando Tlacoyo, relájate!–

viernes, 9 de octubre de 2015

Mi color favorito es el color del amor

Tengo 27 años y no, no los aparento, siempre conocí personas traga años pero nunca imagine ser una de ellas. Mi temor es que un día se me vengan los años encima y entonces tenga 40 y parezca de 60. No puedo dejarle esta situación a la suerte por lo cual decidí comenzar a cuidarme. El primer paso ha sido dejar de fumar tabaco después de 15 años de ser una contaminadora de aire imparable. He tenido recaídas pero tengo 2 meses sin comprar una cajetilla. Es un avance.

Soy sureña, caribeña, nací en Chetumal, Quintana Roo en el mes de noviembre eso quiere decir que existe la posibilidad de haber sido procreada en el mes del amor, eso explicaría por qué tengo tanto amor para dar. Actualmente vivo en Guadalajara, Jalisco estoy aquí desde hace 10 meses y planeo quedarme por tiempo indeterminado. Estudie una carrera que no me gusta pero estoy oficialmente graduada y parte de la decisión de venir por aquí, ha sido para estudiar un poco de lo que realmente me gusta: La escritura. Siempre intente tener un diario pero me resultaba muy soso escribir lo que hacia todos los días y las veces que lo hacía escribía como si alguien fuera a leerlo, siempre cuidando lo que ponía. Trataba de mantener una buena ilación, ortografía, signos de puntuación, acentos, etc… Me sorprendía haciéndolo, me enojaba y dejaba de escribir porque sentía que no podía ser sincera conmigo misma si escribía en mi diario esperando que alguien lo leyera. Cuando tenía 15 años escribía toda mi verborrea mental en una libreta y ahí si era una despiadada con mi alma día y noche. No andaba muy feliz en aquellos días tenía problemas existenciales del tipo: Adolescente incomprendida. Esa libreta desapareció de mi habitación nunca hice preguntas por temor al cuestionamiento de su contenido. 

Mido 1.63 cm y peso entre 65 y 67 kilos, tengo un par de kilos extras que se me subieron al cuerpo hace unos 5 años cuando decidí dejar de intoxicar mi cuerpo con sustancias ilegales, subí 10 kilos el primer mes de rehabilitación ya se imaginaran como andaba. Desde eso no los he podido perder, tampoco pierdo la fe, sigo intentándolo. Mi piel es morena, mi cabello es castaño oscuro y afro. He vivido toda mi vida en un mundo donde de cada 100 niños existimos 3 con afro. No ha sido fácil. Los primeros años de mi vida lo odiaba, me hacía ver muy distinta a las demás niñas y creo que ya sabemos que el estereotipo social es un ente que aturde las emociones humanas. Muchos años me amarraba el cabello, lo estiraba lo más que podía, me lo engomaba con gel, spray, vaselina, cera o lo que encontrara para ponerle con tal que no se moviera de su lugar, mi cabello tiene vida propia, se manda solo.


He pasado por muchas etapas; por ahora no entrare en detalles pero definitivamente esta es mi mejor versión.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Niña autosuficente

Cuando tenía 9 años iba a la primaria en una escuela privada, católica y que dejaba a mi familia sin comer decentemente durante la quincena que tocaba pago de colegiatura. A veces se atrasaban con los pagos y a los deudores nos entregaban una hoja dirigida a nuestros padres solicitando el pronto pago. El detalle era que para entregar la hoja iban salón por salón llamando a cada niño deudor interrumpiendo las clases y por supuesto; todos sabían de qué se trataba cuando te llamaba el prefecto y regresabas con tu hoja blanca en la mano. Siempre me llamaban. Al regresar al salón prefería mirar al suelo que ver las caras incriminadoras, como si yo hubiera elegido estar en esa escuela. Todos los días le suplicaba a mi mamá que me cambiara de escuela y ella insistía en que valorara el esfuerzo que hacía por darme una mejor educación. Mi mamá es maestra y daba clases en la misma escuela, entonces por esa razón yo tenía derecho a una beca del 50% y aun con ese 50% se complicaban los pagos.

En tercero de primaria le toco a mi madre darme clases, fue el peor y el último año que pase en esa escuela. Los niños y niñas no paraban de decirme que mi mamá me daba las tareas, que me daba los exámenes para que pudiera sacar diez y lo más grave; me invitaban a todas las fiestas de cumpleaños. Nunca antes me habían invitado a tantos eventos sociales y yo sabía que no era por mí, sabía que era porque querían quedar bien con mi mamá entonces le suplicaba que no me llevara a las fiestas, le lloraba por quedarme en casa o porque me llevara a casa de mi abuela a ver a mis primos, pero ella tampoco quería quedar mal con las madres de sus alumnos, así que fui obligada a ir a todas. Hoy la entiendo. La verdad es que después de ese año también las cosas cambiaron en casa. Mi madre hablo conmigo justo antes de iniciar el curso escolar y me indico que ese año tendría que comenzar a hacer mis tareas por mi cuenta, que ella únicamente sería un organismo que se encargaría de verificar que la tarea este hecha y me ayudaría con las dudas que pudieran surgir, pero  eso de sentarse a hacer la tarea conmigo ya no podría pasar por que no quería afectarme en la escuela. Asunto que hoy le agradezco infinitamente, soy un ser totalmente autosuficiente.

En una ocasión durante una entrega de exámenes fui la que saco mejor calificación y el niño que me gustaba, que me gustaba justamente por rebelde y altanero fue quien se empodero contra mi madre enfrente de todo el salón y dijo:  “Maestra, pero ella tiene esa calificación porque usted le dio las respuestas del examen”. ¡Pum! Doble dolor. Ver la cara de mi madre que quería enojarse y no podía y la traición de mi primer amor. Realmente odiaba estar en ese lugar. Al final nadie podía juzgar mis calificaciones, era una “nerda” hecha y derecha, había estado en el cuadro de honor desde primero de primaria y dijeran lo que dijeran siempre estaban por debajo de mí en la lista de promedios. El siguiente curso mi mamá decidió cambiarme a la escuela pública donde había estudiado mi hermana y donde estudiaban mis primos. La mejor escuela pública según esto. Cuando fue a inscribirme le recibió mis documentos la maestra que me daría clases, al revisar mis calificaciones y mis papeles le dijo: “¡Usted le dio clases…..con razón!”.


Ese comentario es la ferviente prueba de que la adultez no quita la estupidez.

Mharan

lunes, 5 de octubre de 2015

Bienvenida a la jungla (Julio/2015)

Pronto cumpliré 6 meses en esta ciudad. Hoy salí 8:40 PM del trabajo y el viaje de regreso a casa fue un poco exótico. Me toco ir sentada en el tablero del camión de la ruta 59, antes de este día pensaba que me bastaban las manos y los pies para sostenerme de los acelerones del chófer; pero hoy me he aferrado a la gravedad con músculos que desconocía podía mover, una vez que encontré una posición en la que podía balancear mi peso sin irme de boca y sin irme de espaldas me aferre a ella. Dicen que en el tablero solo se sientan “las viejas” de los chóferes, hoy les gane el lugar, lo siento chicas esta noche fui yo quien le tapo la visión del espejo retrovisor derecho (aquí va un guiño). El camión iba tan lleno que no me quedo de otra, no traía ganas de ahogarme con la mezcla de sudores, hedores y algunas otras sustancias que pudieran salir del cuerpo humano. A esta hora todos transpiramos el estrés del día, queremos llegar a casa, quitarnos los zapatos, echarnos un cigarrito, aflojar el botón del pantalón, en el caso de las mujeres aventar el brasier como señal de libertad.


Cuando voy en los camiones de esta ciudad siempre tengo esa sensación de que pongo mi vida en riesgo, es una vida temeraria la que se soporta cuando no se tiene la solvencia para tener un auto. Este año tendré mi auto me lo he prometido, así que eso me tranquiliza un poco cuando me toca ir como salchicha embutida en los camiones. Hay algunas técnicas que he desarrollado para la supervivencia en el sistema de transporte público de la hermosa Guadalajara. La primera es, que aunque usted no lo crea, estos curiosos hombres tapatíos le seden el paso a las mujeres para abordar el camión (la mayoría lo hace) con eso ya es ganancia y se aumentan las posibilidades de encontrar un asiento disponible; de no ser así me dispongo a detectar a la mujer o al hombre más limpio y perfumado del camión, créanme después de las 8 de la noche nadie huele bien en un camión, ni yo. Encontrar a una persona perfumada es sinónimo de que no tardara en bajar y hay que pararse justo enfrente de él o ella y con ambas manos sostenerse de los asientos que lo rodean para proteger su asiento como un felino salvaje cuidando su alimento, como si en el fondo quieras fulminarlo(a) con el olor de tus axilas para que se baje más rápido. Es una técnica que aún estoy perfeccionando hasta ahora tiene un 40% de efectividad. En resumen, hace ya un par de meses que asimile que debía ponerme en modo “wild” cada que me subiera a una de estas latas de metal. Un día me subí al camión un poco más temprano que hoy, iba casi lleno, el único asiento disponible era uno de los reservados para los adultos mayores, mujeres embarazadas y personas con discapacidad, entonces como buena y educada chica foránea decidí irme parada y dejar que los asientos cumplieran su objetivo. En la siguiente parada subieron entre 8 y 10 personas, sentí como el aire se reducía, una mujer como de 25 años se apropió de aquel asiento, la mire y por un momento me cuestione si hice lo correcto al no sentarme ahí.

–Hiciste bien, tranquila, era lo correcto –

En la siguiente parada se subieron de nuevo entre 8 y 10 personas. Comencé a sudar, oficialmente se había acabado el aire “limpio” (si, así entre comillas) no quería respirar, ya sabía lo que me esperaba. La miro de nuevo y solo puedo pensar:

– ¡Cabrona quítate de ahí! ¡Ese asiento es mío! ¡Mío! ¡Mío!–


Mharan

domingo, 4 de octubre de 2015

¡Mamá, soy un adulto!

Van tres días agotadores en el trabajo, el cansancio que resulta de lidiar con una sustanciosa cantidad de seres humanos día tras día es inmensurable, llego a la casa frita, sin ganas de nada más que dé sacarme la ropa y enrollarme mis sabanas hasta el día siguiente. Ya tengo una rutina. Me levanto a las 10 am, me preparo un pan tostado con queso cottage y un vaso de leche deslactosada con avena, ducha, cuatro cambios antes de decidir que ponerme. Empiezo con el mas despampanante y voy disminuyendo en la medida que encuentro “el adecuado” al final siempre acabo en algo súper cómodo aunque un día antes haya pensado que iría en tacones, blazer y un kilo de “make up” para que las morras que trabajan enfrente mueran de envidia, todo acaba en un:

– ¡Qué diablos! ¡Quiero ir cómoda! ¡No quiero sudar en el camión! –

Termino de vestirme y le dedico toda mi atención a meter a mi bolsa todo artículo necesario para mi supervivencia diaria: verifico tener dinero en la cartera y me aseguro de meterla en mi bolsa, tomo el cargador de celular, el celular, los audífonos, un bálsamo para los labios, mis lentes de aumento y la cereza de mi pastel… “Las llaves” diario siento que las olvidare o las perderé así que mantengo fuerte vigilancia sobre ellas. No está de más mencionar que soy una completa despistada, puedo tener el celular en la mano izquierda y estar con la derecha buscándolo por toda la habitación y en menos de 5 segundos mi mente hace conjeturas acerca de qué pasaría si cayera en manos de un extraño. Sería mi ruina. Lo mismo pensaba sobre un viejo “e-mail” en el cual almacenaba toda mi vida personal y  en una ocasión fue hackeado.  Tenía tanta información que asumo que les dio flojera revisar o están esperando que sea rica y poderosa para extorsionarme.  El metiche, atrevido que violo mi privacidad decidió tomar una foto de mis senos que me había tomado para un ex y dispuso enviarla a los correos electrónicos de toda mi familia con una leyenda que decía algo así “Están son las teta de fulanita”. Obvio lo negué rotundamente. ¡Esas no son mías papá! ¡Ma’ como crees que me voy a tomar fotos de las chichis! ¡Esa no soy yo! ¡Yo no tengo un lunar en la chichi derecha!

Esa noche lloraba como magdalena mientras le rogaba al hacker por medio de otra cuenta que también usaba y me tenía agregada a mí misma en el MSN por eso de “para ver cómo se veía mí estado”. Le rogaba que me devolviera mi correo y mi Facebook. Así es, ya existía el Facebook. El tipo me pidió que le mandara una foto de mis tetas para que me pudiera devolver la cuenta, hijo de su chingada madre, me dieron ganas de decirle “Revisa las carpetas hay fotos de todo mi cuerpo, pedazo de animal” pero como insistía tanto comprendí que el estúpido no tenía idea del oro que tenía en sus manos, asi que deje de insistir y le dije que se quedara con la cuenta. Un rato después de ignorarlo me escribió; “Tu nueva contraseña de Hotmail y de Facebook es: Soy una puta”

Aun no sé quién fue pero tengo mis sospechas.


Hola, soy yo, la intensa.

A veces creo que soy de otro planeta o que en mi habita un ser de otra era. Mis amigos dicen que soy muy "fría" o que me paso de "libertina". Yo creo que soy la personificación de “Yin Yang” conmigo no hay puntos medios. Mi familia piensa que "no tengo tacto para hablar" nunca me lo han dicho pero lo noto en sus caras cuando intentan disimular que temen por lo que este apunto de decir. Mis amantes, free’s, peor es nada, ligues, ciberligues, etc...  dicen que soy "demasiado intensa" al principio les encanta y luego huyen despavoridos como si quisiera arrancarles un pedazo de piel. Y siempre acaban regresando a decirme "lo grandiosa" que soy. "Eres un mujerón" "Como tú ninguna" "Nunca debí dejarte ir" “Siempre pienso en ti”… como si esto me sirviera para algo. Ni para el ego. La más reciente "Yo siempre he pensado que algún día voy a regresar contigo, ¿tú no?” ¿Es real?

Regresando al punto, es un hecho que a la gente le gusta andarse por las ramas. Se quejan pero les gusta la mentira, el drama y lo que resulte de ello. Por lo que a mí respecta; desde hace un tiempo resolví darme todo el placer que requiera, nótese que el placer se rompe en infinitas vertientes. Quizá justo ahora me disponga a brincar sobre mi cama por el meritito placer de hacerlo o quizá simplemente me saque los mocos y los embarre en la pared, los placeres mundanos son los mejores.   He llegado a la conclusión que vivo con las emociones a la máxima potencia. A veces soy inmensamente feliz y otras soy inmensamente triste, puedo ir de una cosa a otra en cuestión de segundos; los expertos dicen que no necesito medicamentos, que no tengo ningún padecimiento mental, que simplemente soy una apasionada de la vida. Yo les creo. Tan les creo que si  justo ahora siento que amo a Juan, voy con él y le digo que lo amo por razones que van más allá de su entendimiento y que considero necesario otorgarle mi amor en este momento por que mañana quien sabe si siga sintiendo lo mismo, tal vez mañana amanezca enamorada de  Lucia… conmigo nunca se sabe.