La
frase: “Si no la controlas no la fumes” estuvo a la media para mí en muchísimas
ocasiones; así fue hasta que todo a mi alrededor se fue derrumbando, solté los
amarres y pedí ayuda. Sin embargo no te platicare sobre como logre salir de
aquel incendio personal, quiero platicarte de un día de los que viví recluida,
un día que no se me olvida.
Tuve la
suerte de contar con el apoyo de mi familia lo cual me permitió no ir a
recluirme a uno de esos lugares en los que te tratan realmente mal; a decir
verdad estuve en la gloria. El centro al que fui se encontraba justo a la
orilla de la laguna de Bacalar y las instalaciones eran de primer nivel. Dos
días a la semana me daban un masaje por las mañanas en todo el cuerpo para
relajar mis músculos los cuales al entrar en la desintoxicación se contracturaban como si tuvieran vida
propia. También por las mañanas nos daban clases de natación en la laguna o Tae Kwon Do junto a la orilla para liberar todo el estrés. Luego íbamos a clase de Yoga y después teníamos actividades educativas, de integración o terapéuticas.
Dependía del día de la semana. La idea central era mantenernos ocupadas y
ocupados durante todo el día. El lugar en ocasiones hacia que lo que estaba
viviendo fuera un poco soportable pero realmente fue una etapa difícil, era un
cambio total de hábitos. Tuve días muy difíciles y de mucho trabajo personal,
aprendí, acepte y entendí muchas cosas, también me negué a ver otras tantas
que más tarde pasaron factura. Teníamos
a nuestro servicio las veinticuatro horas del día a doctoras, enfermeras,
psicólogos, psicólogas, psicoanalistas y trabajadoras sociales que nos
acompañaban todo el tiempo, se turnaban, no teníamos permitido estar solas y
solos. Los únicos momentos a solas eran en el baño o la ducha; incluso en mi
habitación siempre dormía una enfermera en la cama de al lado para cualquier
situación; cuando tu cuerpo se está desintoxicando los llamados “sueños de
consumo” son casi diarios y en ocasiones despiertas sudando, con una ansiedad
que te atraviesa y una incertidumbre que no sabes ni que sucede contigo. Había
una enfermera que roncaba como si hubiera truenos en el interior de su cuerpo
queriendo salir y yo sufría tanto cuando a ella le tocaba la guardia nocturna
en mi habitación, la veía llegar y ya sabía que no lograría dormir con la
orquesta que se aventaría. Me pesaba un chingo
porque las levantadas eran forzosamente a las seis de la mañana y por ninguna
razón nos permitirían tomar una siesta más tarde, estaban prohibidas.
Ahora
vamos a la sustancia. Entre el personal que trabajaba en el centro de
rehabilitación estaba este individuo del cual ya no recuerdo su nombre, es una
lástima porque me encantaría que estas letras llegaran a sus manos. Lo
llamaremos: Sr. X. Las funciones de esta
persona en el centro nunca me quedaron claras, pero él nos daba la clase de
literatura de los doce pasos de los Alcohólicos Anónimos (AA) y posteriormente
teníamos sesiones de AA dos veces por semana y además los sábados teníamos las
sesiones con invitados externos, integrantes de grupos de AA de Bacalar y
Chetumal. Las reuniones de los sábados me gustaban porque podía comer galletas
y tomar café, muchísimo café; entre semana el azúcar y la cafeína estaban
prohibidas.
Cierta
mañana nos encontrábamos dos compañeros y yo en la sesión de AA con el Sr. X y
teníamos que hablar de las formas en las que quizá llegamos a manipular a las
personas para conseguir dinero y poder pagar nuestras drogas o en su defecto
teníamos que contar que tanto habíamos hecho para conseguirlas y había que
hacerlo sin censura porque a grandes rasgos de eso trata todo el show de AA. Mis
dos compañeros platicaron sus experiencias, no recuerdo que tanto contaron pero
todos los adictos hacemos pendejadas
por drogas así que piensa en las peores historias, con los peores finales y eso
es lo que probablemente dijeron, finalmente llego mi turno. Es importante mencionar que durante las
intervenciones el Sr. X podía cuestionarte para ampliar lo que estabas
relatando, podía hacer preguntas para desarrollar más a fondo lo que decías o
incluso preguntas que te tumbaran una que otra mascara; a mí siempre me pareció
que el hacía preguntas fuera de lugar, preguntas subjetivas, preguntas pendejas que lo llevaban a querer hablar
de él, siempre acababa hablando de él y dándonos una catedra innecesaria de
mentadas de madre y bueno… ese día lo comprobé.
Comencé
a relatar mis historias, no recuerdo que conté y súbitamente el me interrumpió.
-¿Oye
pero cuando sucedió eso, que ropa traías?
-¿Perdón?
-Sí,
¿estabas usando falda, mini falda, un vestido muy pegado?
-Eso
que tiene que ver.
-Pues
es para darme una idea.
-Usted
no tiene por qué darse una idea con la ropa que yo traía, usted tiene que
prestar atención a lo demás, a lo importante.
-Te
pregunto esto porque quiero ampliar y entender mejor el contexto.
-En
esta historia no hay ningún contexto que se pueda relacionar con la ropa que traía.
-Pues
es que en mi experiencia ustedes las damitas siempre usan sus atributos para
consumir drogas. Y supuse serias más honesta con nosotros, todos queremos oír
la verdad. Admite que usaste tu cuerpo y la ropa que usabas para obtener
drogas.
No
podía creer lo que estaba escuchando. Mis compañeros comenzaron a reír y yo a
sentirme nerviosa y el mantenía su mirada fija en mí con un rostro que
desacreditaba todo lo que podría salir de mi boca en ese momento, me quede muda
por un largo periodo, intente continuar mi historia pero ya se había encendido
la mecha en los ojos de los tres hombres presentes y por un momento me sentí la
puta que el quería que yo describiera ¿Qué carajo importaba la ropa? Me reventó
el cerebro, me baje del podium, camine hacia la dirección.
-¿A
dónde vas?
-A
preguntar si la ropa que usaba cuando me drogaba es importante para mi
rehabilitación.
-No
puedes ir a ningún lado sin mi permiso.
Evidentemente
no le hice caso y fui a pedir hablar con el director del centro. No me dejaron
hablar con él, me pidieron que me calmara y mandaron a una enfermera por mí
para llevarme a mi habitación, mientras el director se desocupaba. En el camino
le platique a la enferma, estoy segura que en el fondo podía entenderme pero
por la posición laboral en la que se encontraba dentro de ese organigrama le
era imposible ejercer una opinión. Solo me decía que me tranquilizara y que no
me metiera en problemas. Más tarde llego la trabajadora social a platicar
conmigo y obtuve la misma respuesta. Nuevamente externe que no iba presentarme
a ninguna actividad hasta que me dejaran hablar con el director del centro. No
recuerdo cuanto tiempo transcurrió pero fueron por mí y me llevaron a la sala
de juntas, en la reunión estaba el Sr. X, la psicóloga del centro, la
trabajadora social y el director.
-A ver
¿Que paso? – me dijo el director
-Eso
es lo que yo quiero saber, quiero saber qué es lo que este señ….
-Está
exagerando eso es lo que pasa – Interrumpió el Sr. X
-¿Estoy
exagerando? ¿Eso es lo que usted piensa?
- A
ver, ya, tranquilícense los dos y cuéntame que paso – replico el director
-Estábamos
en clase de doble AA y nos pidió hablar de situaciones personales relacionadas
con lo que hayamos hecho para consumir, mis dos compañeros hablaron antes que
yo y cuando yo comencé a hablar el señor comenzó a preguntar sobre que ropa
estaba usando, que si usaba falda o vestido pegado ¿Por qué a mis compañeros
HOMBRES no les hizo la misma pregunta? ¿Para que el necesita saber que ropa
traía? ¿Eso ayuda en mi rehabilitación?
-Bueno,
el Sr. X necesita conocer los detalles de sus historias. Debes saber que él es
el experto, es una persona con mucha preparación, muy confiable y no creo
que haya preguntado con otra intención
-Así
es, lamento que lo hayas malinterpretado yo solo estaba tratando de ampliar la
historia – Aseguro el tipejo del Sr. X.
-¡Pero
después usted dijo que yo tenía que admitir que había usado mis atributos para
usar drogas y usted jamás le hizo esos comentarios a mis compañeros HOMBRES ahí
presentes!
-Yo
creo que estás viendo cosas donde no las hay y que debes calmarte – me dijo el
director
Sentí
un coraje terrible, veía al Sr. X a la cara y tenía una mueca torcida, él
estaba tratando de no sonreír. Mire a los ojos a la psicóloga y me hizo saber
en esa mirada que era una batalla perdida. Salí enojadísima de la sala de
juntas y lo peor era que me faltaban muchos días ahí, tendría que verlo diario.
El
intento acercarse a mí en un par de ocasiones más, lo hacía de manera sutil y
siempre enfrente de más hombres, me ponía en su territorio y jugaba todas sus
cartas. Al salir de ahí me entere que tenía que continuar mi tratamiento afuera
con pláticas diarias y para mi desagradable sorpresa él era quien daba esas pláticas.
No soportaba mirarlo, me ponía de mal humor, a esas platicas no iba sola, mi
mamá las tomaba conmigo y me daba tanto coraje no poder decir nada. Un día
simplemente deje de ir y nunca dije porque, detuve el tratamiento de mi rehabilitación
por el acoso del Sr. X y eso a la larga trajo sus consecuencias, aún no estaba
lista para enfrentarme al mundo en sobriedad era evidente que iba recaer y así
fue, recaí, rebote y tuvieron que pasar mucho años y una serie de eventos
desafortunados para salir de eso. Sé que dirás que debí confrontarlo con más
fuerza o no quedarme callada pero te estoy hablando de hace diez años, el mundo
era distinto, yo era distinta, en ese momento entendía que esas cosas no
estaban bien pero todas las personas a mi alrededor lo normalizaban y tampoco
es cómo que las cosas en la actualidad hayan cambiado mucho; pero yo cambie y
deje de rodearme de gente que normaliza las violencias.