Siempre que voy en el camión rumbo
al trabajo me topo a dos o tres lectores. Algunos sentados, algunos parados columpiándose
con una mano y con la otra sosteniendo el libro, pero todos muy embelesados en
su lectura, ignorando la urbe, sumergidos en historias únicas. Me gusta leer el
título de sus libros e imaginar el contenido y a veces lanzo juicios sobre el
lector basada por supuesto en lo que están leyendo, lo sé, no debería, pero mis
vicios de personalidad hacen de las suyas. Me gusta mirarlos, me agrada
verlos estimulando su cerebro, aunque debo admitir que lo que más me producen
son sentimientos entre la añoranza, tristeza y envidia, así de complejo.
De todos los dones que se me
fueron otorgados el de “leer en movimiento” se me ha negado de naturaleza desde
que puedo recordar; en cuanto lo intento el mundo comienza a girar junto con
las letras, acabo mareada y con un dolor de cabeza impresionante. No duro ni 5
minutos cuando comienzo a sentir que algo anda mal, es duro privarme de ese
placer pero no se puede tener todo en esta vida.
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