Te perdono la condena de mi boca
sin tu boca y que el amor te haya durado tan poco, amar en estos tiempos se
rige de acuerdo a la temporalidad de lo que se puede dar y lo que no; y de dar,
me queda claro que no sabes nada. Te
perdono tus foreveadas románticas,
los por siempres e incluso te perdono
las mentiras gentiles y las promesas no cumplidas que acabaron por pasar en mi
vida como un resplandor de ilusiones que nunca florecieron. Sabes, también te perdono la cobardía de dejar
un pie en el suelo mientras te enseñaba a volar y te perdono por esa estúpida
mascara de ingobernable que te compraste en el tianguis a los seis y que no has
podido superar. Te perdono tu mamitis
y tu papitis, te perdono que seas tan
egoísta que hasta para hacer el amor busques el mínimo esfuerzo, te perdono que
te gusten los aforismos más patéticos, te perdono tu juego maquiavélico de no
soltarme hasta obtener algún beneficio, te perdono que te hayas pasado por el
arco del triunfo la carta que te escribí cuando te pedí que me dejaras ir, te
perdono que finjas que no te importo, te perdono el tiempo perdido que pase
apoyándote en los ratos oscuros aun cuando ya no habitábamos aquel amor, te perdono los desplantes y tu fingida
comprensión.
Solo hay una cosa que no te
perdono, haberme dado una patada en la entrepierna el único día que realmente
he necesitado de ti. “De desagradecidos
está el infierno lleno” decía mi abuela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario