El viernes estaba molida, había
madrugado para sacar unos pendientes del trabajo y las ocupaciones del día me
habían dejado por debajo de la energía habitual, llegue a casa por inercia.
Apenas abrí la puerta me saque los zapatos y me arroje a mi cama. No sé cuánto
tiempo habrá pasado pero me despertó un ruido bastante singular, por un
instante creí que el vecino estaba golpeando a su esposa así que me levante de
golpe y corrí a la ventana.
Efectivamente era el vecino dándole de
azotes a su mujer quien lloraba, gritaba y gemía; pero gemía de placer, sus dos
enormes glúteos se estrellaban como gotas de lluvia en la mano del vecino,
podía verlos escurrirse como agua entre los dedos de su marido. Lo primero que
hice fue dar un paso hacia atrás.
¿Cómo es que no me había percatado de
las enormes petacas que se carga la vecina?
Los azotes continuaban y
yo estaba debatiéndome entre la realidad y la fantasía.
¿De verdad había mirado
como se nalgueaban a la vecina en las escaleras del edificio?
¿Estaba teniendo un sueño
húmedo con los vecinos?
La vecina tiraba al aire
gemidos más profundos, mi instinto de mirona se activó y di un paso lento hacia
el frente a una distancia en la que no pudieran verme si miraban hacia arriba.
Esta vez el vecino le enterraba las uñas en la espalda, le apretujaba las
nalgas con desesperación y en un movimiento inesperado se sacó el pito y
comenzó a estrellarlo justo a la mitad de ellas. Sentí un calor invadiéndome de
norte a sur, arriba y abajo, tremendo mástil que se carga el hijo de la
chingada. Ese jugueteo que se traían fue la cosa más rica que pude haberme
topado aquel viernes, después de mirarlos durante poco más de 15 minutos
comencé a sentirme rara con la idea de excitarme al verlos, que iba pasar la
próxima vez que me sentara en su mesa a desayunar.
¿Cómo iba verle la cara al
vecino sin mirarle el bulto primero?
¿Cómo iba lograr no
mirarle las nalgas a la vecina cuando se diera la vuelta para darme un vaso?
Fue en ese momento cuando
decidí que debía irme a dormir, después de todo definitivamente no podía
mezclarme con doña Flor y don Fito, que iba decir Carlos, su hijo, tenía varias
semanas echándomelo al plato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario