martes, 20 de octubre de 2015

Viernes sensual

El viernes estaba molida, había madrugado para sacar unos pendientes del trabajo y las ocupaciones del día me habían dejado por debajo de la energía habitual, llegue a casa por inercia. Apenas abrí la puerta me saque los zapatos y me arroje a mi cama. No sé cuánto tiempo habrá pasado pero me despertó un ruido bastante singular, por un instante creí que el vecino estaba golpeando a su esposa así que me levante de golpe y corrí a la ventana. 

Efectivamente era el vecino dándole de azotes a su mujer quien lloraba, gritaba y gemía; pero gemía de placer, sus dos enormes glúteos se estrellaban como gotas de lluvia en la mano del vecino, podía verlos escurrirse como agua entre los dedos de su marido. Lo primero que hice fue dar un paso hacia atrás.

¿Cómo es que no me había percatado de las enormes petacas que se carga la vecina? 

Los azotes continuaban y yo estaba debatiéndome entre la realidad y la fantasía. 

¿De verdad había mirado como se nalgueaban a la vecina en las escaleras del edificio?

¿Estaba teniendo un sueño húmedo con los vecinos?

La vecina tiraba al aire gemidos más profundos, mi instinto de mirona se activó y di un paso lento hacia el frente a una distancia en la que no pudieran verme si miraban hacia arriba. Esta vez el vecino le enterraba las uñas en la espalda, le apretujaba las nalgas con desesperación y en un movimiento inesperado se sacó el pito y comenzó a estrellarlo justo a la mitad de ellas. Sentí un calor invadiéndome de norte a sur, arriba y abajo, tremendo mástil que se carga el hijo de la chingada. Ese jugueteo que se traían fue la cosa más rica que pude haberme topado aquel viernes, después de mirarlos durante poco más de 15 minutos comencé a sentirme rara con la idea de excitarme al verlos, que iba pasar la próxima vez que me sentara en su mesa a desayunar.

¿Cómo iba verle la cara al vecino sin mirarle el bulto primero?

¿Cómo iba lograr no mirarle las nalgas a la vecina cuando se diera la vuelta para darme un vaso?

Fue en ese momento cuando decidí que debía irme a dormir, después de todo definitivamente no podía mezclarme con doña Flor y don Fito, que iba decir Carlos, su hijo, tenía varias semanas echándomelo al plato.


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